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dimarts, 8 d’abril de 2008

Contra la crisis

Contra la crisis

Per: Salvador Milà

Se empieza a asumir que nuestra economía ha entrado en recesión, con una crisis que si bien se hace más mediática -por anunciada- en la promoción inmobiliaria y en la construcción, extenderá sus efectos a los sectores asociados -maquinaria, equipos domésticos, automóvil, utillaje...-, en tanto sus raíces están en el sector financiero y en el sector energético, que por primera vez se muestra incapaz de satisfacer el crecimiento de la demanda mundial de petróleo; a todo ello se une el incremento de las materias primas y de los precios al consumo, especialmente en los alimentos y bienes básicos y -en fin- el consiguiente incremento del paro, la precariedad, el absentismo.
Como sucede siempre en estos casos, los representantes empresariales y algunos economistas piden la adopción de un plan de medidas que permitan atenuar el golpe y reanudar un nuevo periodo de crecimiento económico. Esquemáticamente, se pide más inversión pública en infraestructuras y promoción de suelo y vivienda, rebajas fiscales, flexibilidad laboral, contención salarial, bajada de tipos de interés, y reducción de los servicios públicos. Es la receta clásica, business as usual.

Pero inmediatamente se impone una reflexión: no estamos en la misma situación que en anteriores crisis económicas ni el contexto económico y social son los mismos, ni a escala mundial ni en nuestro entorno social y económico inmediato: el petróleo no bajará, sino que subirá, al igual que las materias primas: cobre, hierro, fosfatos y otros minerales, maderas, fibras, etcétera, tanto por una demanda creciente en todo el mundo como por su propio agotamiento o por los límites físicos para su obtención. Ya no se pueden ignorar los impactos ambientales que afectan directamente a la economía y a la salud humanas: escasez de agua, contaminación de aire, suelo y otros recursos, pérdida de biodiversidad que se traduce en disminución de cantidad y calidad de alimentos, etcétera. Y en el orden social no se pueden evitar los efectos de la globalización ni los flujos migratorios motivados por el crecimiento demográfico y el mal reparto de la riqueza.

¿Por qué no invertir en aquello que nos hará más competitivos y más cohesionados socialmente? Debemos hacer de la actual crisis y de las necesarias medidas que adoptar una oportunidad para modernizar nuestra economía y nuestra sociedad; llevar a la práctica, de una vez por todas, los cambios estructurales que requiere un desarrollo sostenible y socialmente justo; abordar el cambio de modelo energético y de infraestructuras; sacar todas las ventajas de la nueva economía del conocimiento y de la información y corregir insuficiencias educativas y asistenciales, desigualdades e injusticias que afectan al orden social y, por tanto, a la calidad del trabajo y a la cohesión social.

Invertir en infraestructuras sí, ¿pero cuáles?; ¿más autopistas y autovías que se agotan con mayores índices de congestión viaria, mayores costes de transporte, más ineficiencia y más contaminación? -aspectos estos en los que somos líderes europeos-; o bien ¿más ferrocarril convencional, de pasajeros y de mercancías, a poder ser de ancho internacional, más transporte público en las áreas urbanas y entre las grandes conurbaciones de nuestro país? -aspectos estos en los que estamos a la cola de Europa-; ¿más destrucción del territorio para alimentar una especulación inmobiliaria estéril y costosa en términos sociales y ambientales o nuevas políticas de reforma y mejora urbana, de acceso a la vivienda en diversas modalidades asequibles; de rehabilitación y ecoeficiencia?

En los sectores industriales, ¿seguir apostando por las viejas tecnologías en el campo de la producción de energía -como es el caso de las nucleares- o en la fabricación de automóviles privados -con los mayores costes económicos y ambientales asociados-, o apostar por el sector de las energías renovables -en el que tenemos las bases empresariales y de entorno para ser una primera potencia mundial- y por la expansión y reconversión del sector de automoción hacia los equipos de transporte ferroviario, tranviario y de vehículos de transporte público? ¿Más subvenciones y facilidades para cerrar y deslocalizar empresas, o más ayudas a la innovación, a la eficiencia y a la mejora de la productividad basada en la calidad y la estabilidad, también, del trabajo?
Tres cuartos de lo mismo en los sectores de servicios públicos y privados: ¿seguir basándolo todo en el turismo y en el comercio o apostar por sectores con mayor valor añadido de conocimiento y de servicio: sanidad, servicios especializados, información?
No debemos inventar nada -lo que tampoco estaría mal, por una vez-, sino seguir el ejemplo de nuestros vecinos y competidores: Francia, Reino Unido, Alemania, Finlandia, Suecia.., que están ya aplicando programas anticrisis que toman el eje medioambiental, los servicios avanzados y la cohesión social como factores de innovación.

Pero para que ello sea posible en nuestro país debemos sacar las consecuencias de una reflexión de Albert Einstein: 'El mundo no evolucionará, ni superará su situación normal de crisis, si continuamos utilizando la misma forma de pensar que originó esta situación'.

1 comentari:

el autor y la periodista ha dit...

Hola, Ignasi.
Me ha gustado tu visión global de la crisis. No sólo consideras el aspecto financiero sino también el energético.
A este respecto, existe una crisis estructural, no transitoria. La escasez de petróleo es un problema del sistema en sí, por la conexión directa entre el Sistema vigente y la extracción de minerales fósiles.
La alternativa más probable a día de hoy (retomar la nuclear es un proyecto)es el uso de biocombustibles, que generan un doble impacto negativo.
Por una parte, no solucionan el problema de la contaminación al 100 por 100, puesto que se combustionan productos orgánicos, compuestos por carbono.
Por otra parte, el precio de los granos está aumentando vertiginosamente.
Y en este punto no es demasiado populista culpar a Estados Unidos de la carestía que vive el Globo.
¿Por qué? Porque la apusta de Estados Unidos (subvencionada enormemente por la Administración actual) es desviar máiz (no caña de azúcar, como en Brasil)hacia la producción de biocombustibles.
El problema de usar máiz radica en su ineficiencia, al tener poco poder energético. De esta manera, se está produciendo una subida del maíz a ritmo desbocado (un 200 por ciento en lo que llevamos de año, según FAO).
Teníamos un modelo energético que provocaba problemas ambientales y desigualdades. Pero la alternativa puede ser catastrófica, lo que se traduce en revoluciones contagiosas en los territorios periféricos.
Ante ello, cabe incluir el componente de innovación para no seguir por la misma senda de autodestrucción social y ambiental.
Insisto en la crisis energética, que lleva a una crisis social, porque ocupa un plano secundario por detrás de la crisis financiera en los titulares de prensa.
En un futuro, ampliaré este asunto y creo que sería edificante trabajar conjuntamente.
Un saludo,
Pablo Sogorb